La hipótesis que se defiende en este libro es la de que el contagio de la conducta paranoide no se limita a los pocos casos de “trastorno psicótico inducido” que los psiquiatras tenemos la oportunidad de tratar en el ejercicio de la profesión sino que es un fenómeno mucho más ubicuo.
Entendemos por “grupo de contagio paranoide” (GCP) aquel grupo entre cuyos miembros se produce una activación de la conducta paranoide como consecuencia de un contagio colectivo y recíproco de la misma. El contagio paranoide produce una llamativa transformación de los individuos que integran o se integran en el grupo y, al mismo tiempo, confiere al grupo -como tal grupo- un perfil característico. Hablaremos de “individuos paranoides y paranoidizados” (IPP) para englobar a los IP propiamente dichos junto a aquellos que se encuentran en un estado paranoide inducido por contagio.
Los microgrupos paranoides (mGP) y los grupos paranoides (a los que en adelante llamaremos “asociaciones paranoides”, AP) nacen, crecen y se disuelven en un contexto que denominamos sociedad amplia, respecto de la cual intentan diferenciarse y marcar unos límites precisos. Pero el contagio paranoide no se limita a los grupos pequeños ni a los que, aún teniendo un mayor tamaño, siguen siendo minoritarios (grupos a menudo exóticos o estrafalarios, que se reconocen como “sectas”), sino que también puede producirse entre sectores mayoritarios de la población y afectar a millones de personas. En estos casos hablamos de sociedades paranoides (SP).
¿Qué es lo que tienen en común el conjunto de los grupos de contagio paranoide? Pues si algo llama ante todo la atención es su capacidad para modificar en profundidad la conducta y las actitudes de sus integrantes, siguiendo unas líneas predeterminadas por la propia realidad de la conducta paranoide. Utilizando un término inexistente, podemos afirmar que los miembros del grupo se paranoidizan. Y evidentemente, en la medida en que sufren un mismo proceso, los miembros de los distintos GCP se van a asemejar unos a otros.
En determinados aspectos, sin embargo, no se impone esa tendencia unificadora. Sucede algo parecido a las epidemias histéricas; en todas ellas los afectados exhiben síntomas de conversión-disociación y en ese aspecto se asemejan. Pero no es menos cierto que, al ser el síntoma concreto distinto en cada caso, también tienden a diferenciarse: unas epidemias cursan con alucinaciones visuales, otras con desmayos y otras con estados colectivos de trance y posesión.
Antes de dar fin a la primera parte de este libro, es preciso dejar sentadas algunas matizaciones.
Aunque la expresión que utilizo -“grupos de contagio paranoide”- sugiere que se trata de una categoría (es decir, algo que se es o no se es, todo o nada), lo cierto es que el paranoidismo grupal, como el de los individuos, debe concebirse como una dimensión, una escala sin soluciones de continuidad. Los GCP son simplemente aquellos grupos que se sitúan en la parte superior del continuum.
El paranoidismo no es una característica estable de los grupos humanos, sino que su intensidad puede fluctuar en el tiempo tanto en función del estilo de liderazgo como de algunas variables ambientales.
Tampoco debe verse el paranoidismo como algo que necesariamente afecta por igual a todo un grupo, sino que se pueden producir notables diferencias entre las diversas partes del mismo, especialmente cuando se encuentran geográficamente alejadas.